Es como esperar en algún sitio:
un café, digamos, por ejemplo:
hay gentes y sillas, y una ventana
por la que se puede mirar un árbol.
Y se piensa poco, y se acostumbran
los ojos a estar en la puerta
por la que ha de entrar aquella que a todo prestara sentido.
Cuando llegue,
todo lo que esta yaciendo ahora será necesario;
en torno suyo relumbrara simple, tranquilo:
Vivirán las tazas vacías, las tristes cucharas, el aire que se respira;
Nacerá una tierna amistad
-un juego de miradas cómplices, de sonrisas a medias-
entre las parejas desconocidas y nosotros.
Todo estará de acuerdo.
Y entonces nos llega la certidumbre
de que no vendrá. Y pensamos,
mirando el reloj cada tres segundos,
en otros lugares, en las palabras
que en ese momento se esta diciendo
y que no sabremos nunca, y un golpe
de tristeza súbita, de impaciencia,
desordena el mundo, lo desencaja.
No hay nada en su sitio ya; cada cosa
Ocupa un lugar que no es el suyo;
Nadie se conoce, se aborrecen
Entre si los torpes objetos; vagan
al caso, huyéndose, destrozándose:
lo vemos; seguimos en la miseria,
y necesitamos que nos ayuden.
Inútil parece, a veces,
fundar la esperanza, querer que muera
el dolor, que nazca el pan, que podamos
salir de esta ausencia que nos desarma,
solo por la fuerza y el arte
de una cancioncilla que escribimos,
mientras esperamos lo que no llega.
Rubén Bonifaz Nuño
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